“Saltburn”: privilegio, deseo y destrucción en el thriller más provocador de la temporada

En un cine cada vez más inclinado a lo predecible, Saltburn irrumpe como un torbellino: oscuro, brillante, incómodo y adictivo. Escrita y dirigida por Emerald Fennell, la mente detrás de Promising Young Woman, esta película se adentra en lo más tóxico del privilegio, la obsesión y el narcisismo con una estética barroca y un tono irreverente que ha generado tanto fascinación como polémica.

Protagonizada por Barry Keoghan y Jacob Elordi, Saltburn es mucho más que una historia de ricos excéntricos: es una crítica feroz, una sátira oscura y un estudio del deseo llevado al extremo.

Bienvenidos a Saltburn

La trama comienza cuando Oliver Quick (Keoghan), un joven estudiante becado en Oxford, es invitado a pasar el verano en la lujosa y decadente mansión campestre de su compañero de clase, Felix Catton (Elordi). Lo que aparenta ser una experiencia de ensueño pronto se transforma en una pesadilla estilizada y adictiva.

En Saltburn, nada es lo que parece. Las apariencias engañan, las intenciones se esconden y la riqueza se convierte en una excusa para lo grotesco. La película juega constantemente con la ambigüedad: ¿es Oliver una víctima, un oportunista, o ambas cosas?

Barry Keoghan: una actuación hipnótica

Keoghan, nominado al Oscar por The Banshees of Inisherin, entrega una de las interpretaciones más inquietantes del año. Su Oliver es enigmático, tierno, manipulador y profundamente perturbador. Logra mantener la atención del espectador aún en las escenas más incómodas, muchas de las cuales ya son virales por su audacia y provocación.

Del otro lado, Jacob Elordi brilla como Felix, el chico dorado de aristocracia británica. Su presencia es magnética y su actuación, aunque más contenida, es esencial para que la dinámica entre los personajes funcione.

Un festín visual

Fennell no se limita a contar una historia: crea un universo visual exagerado y hermoso, donde los planos son cuidadosamente simétricos, los colores saturados y la iluminación dramática. La mansión Saltburn es un personaje en sí misma: opulenta, laberíntica, cargada de simbolismo y decadencia.

El vestuario, el diseño de producción y la música (que incluye desde Sophie Ellis-Bextor hasta clásico britpop) refuerzan esa sensación de fantasía distorsionada. El tono es lúdico, pero con un trasfondo profundamente siniestro.

Privilegio, deseo y moralidad ambigua

En el fondo, Saltburn no es solo un thriller estético: es una crítica feroz al clasismo, la frivolidad y la explotación emocional. La película desafía al espectador a cuestionar sus juicios: ¿hasta dónde llega la culpa del privilegiado, y hasta dónde la del que quiere ser parte de ese mundo?

Oliver no es un héroe. Pero tampoco lo son los ricos que lo rodean. La ambigüedad moral es total, y esa tensión constante entre deseo y repulsión convierte a Saltburn en una experiencia cinematográfica intensa, incómoda y fascinante.

El fenómeno viral

Desde su estreno, Saltburn ha generado una oleada de reacciones en redes sociales. Escenas explícitas, monólogos incómodos y giros narrativos inesperados han convertido la película en uno de los títulos más discutidos del año.

Críticos y espectadores están divididos: algunos la consideran una obra maestra de estilo y provocación, mientras que otros la ven como una farsa vacía. Pero todos coinciden en algo: es imposible ignorarla.

¿Recomendada?

Si buscás una experiencia convencional, Saltburn no es para vos. Pero si te atrae el cine que incomoda, que juega con los límites del gusto y la moral, que combina glamour y podredumbre con una ejecución brillante, esta es una parada obligada.

Emerald Fennell ha entregado una película que no se explica: se vive, se discute, se digiere con tiempo. Y sobre todo, se recuerda. Porque el lujo, el deseo y la destrucción rara vez fueron tan cinematográficos.